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La evolución se confabula con el apiñamiento

Las muelas del juicio suelen aparecer entre los 14 y los 25 años, pero antes no originaban tantos problemas ni padecimientos. La razón principal de ello es la forma de comer de nuestros antepasados.


La extracción de las muelas del juicio es una intervención habitual debido a los trastornos que puede llegar a originar, afectando incluso a las piezas dentales más cercanas.

Hablamos de cuatro muelas situadas en el fondo de la boca que reciben el nombre de “muelas del juicio” porque suelen erupcionar alrededor de los 20 años, cuando se supone que gozamos de un mayor juicio. Pero a menudo no tienen suficiente espacio para salir, rotan en el hueso e impactan contra las raíces de los otros dientes, causando mucho dolor y graves infecciones orales. Antes de la invención de los antibióticos, estas infecciones podían ser mortales.

Entonces ¿qué hacían nuestros antepasados cuando no existía ni siquiera la cirugía moderna? ¿Estamos ante un caso flagrante de mal diseño que ha causado dolor y muerte durante milenios? En realidad, no. Nuestros antepasados apenas tenían problemas con estas muelas en comparación con nosotros.

Desajuste evolutivo

Basta con analizar cráneos antiguos y compararlos con los contemporáneos para advertir que la disposición de los dientes, antaño, no era como la de ahora, y que el actual problema de las muelas del juicio no responde a un mal diseño evolutivo, sino a un desajuste del mismo: es decir, que nuestros hábitos de vida han afectado al diseño.

Por esa razón, descubriremos que la mayoría de los cazadores-recolectores tenían una salud dental envidiable. La odontología y la ortodoncia ni siquiera fueron particularmente necesarias en la Edad Media.


Si se analizan los cráneos de los últimos siglos, hallaremos, además de las caries e infecciones, dientes apiñados en la mandíbula, con dientes impactados. El aspecto es muy diferente al de “los cráneos de los agricultores preindustriales, que también están repletos de caries y abscesos de aspecto doloroso, pero menos del 5 por ciento tiene muelas del juicio impactadas”, según explica Daniel E. Lieberman, uno de los investigadores más reputados en evolución humana, en su libro La historia del cuerpo humano.


El problema de la alimentación: la dieta blanda


Si antes no había apenas problemas cuando salían las muelas del juicio es porque la alimentación era distinta. Las nuevas técnicas en la preparación de alimentos permiten que comamos más blando, pero antes lo habitual era masticar alimentos más duros, lo que exigía mayores tensiones mecánicas. Ello permitía que la mandíbula y los dientesse desarrollaran y crecieran de forma correcta.

En la Edad Media, por ejemplo, era habitual comer carne correosa que obligaba a masticar una y otra vez. En épocas pretéritas, de hecho, los alimentos blandos eran una rareza, y los procesados no existían.

Como revela Lieberman, “Del mismo modo que las extremidades y la columna no crecen lo bastante fuertes si no se somete a los huesos a las tensiones suficientes al caminar, correr y hacer otras actividades, las mandíbulas no crecen lo bastante para alojar todos los dientes, y estos no encajarán como deben si no los sometemos a las tensiones suficientes al masticar comida”.

Por eso no es extraño constatar que los dentistas se valgan de mecanismos para enderezar y alinear los dientes de sus pacientes con la asistencia de aparatos de ortodoncia, que aplican presiones constantes.

Hoy es habitual comer purés o batidos, también las cocinas están equipadas con batidoras y molinillos. Incluso de pequeños nos alimentamos de potitos. Todo se tritura, muele, hierve o ablanda de alguna manera. La dieta moderna, en resumen, es la principal responsable de nuestros padecimientos con las muelas del juicio: “Las fuerzas que aplicamos a los dientes, las encías y las mandíbulas al masticar activan células óseas del alvéolo dental que desplazan al diente hacia la posición correcta”.

Otro efecto secundario de nuestra nueva dieta, que no nos obliga a masticar tando y a tensar los músculos de nuestra mandíbula y nuestra cara, es que los rostros se han hecho, de promedio, de un 5 a un 10 por ciento más pequeños durante los últimos miles de años.

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